La crisis económica ya no golpea solo el consumo: también arrastra a miles de trabajadores informales y espacios comunitarios que sobreviven entre changas cada vez más escasas, ingresos pulverizados y una demanda social en aumento.

La crisis del consumo ya no se percibe solamente en supermercados vacíos, persianas bajas o fábricas paralizadas. En la Argentina de Javier Milei, el derrumbe del poder adquisitivo también arrastra a quienes viven de lo que otros trabajadores consumen, reciclan, compran o intercambian. Cartoneros, feriantes, costureras, repartidores, cooperativistas y cocineras comunitarias enfrentan una doble asfixia: caen las ventas, desaparecen las changas y al mismo tiempo aumentan los costos básicos para sobrevivir.
Mientras el Gobierno insiste con los discursos de recuperación económica y ajuste exitoso, la economía popular atraviesa uno de sus momentos más críticos de los últimos años. El problema ya no es únicamente la precarización laboral: incluso quienes trabajan todos los días encuentran cada vez más dificultades para garantizar alimentos, medicamentos o servicios esenciales.
El consumo cae y arrastra a quienes viven del trabajo informal
Los datos reflejan la profundidad del deterioro. Según la consultora Scentia, el consumo masivo cayó 5,1% interanual en marzo, marcando la tercera baja consecutiva y el peor retroceso desde enero de 2025. La caída atraviesa supermercados, autoservicios, almacenes y kioscos, pero también repercute sobre toda una red de trabajadores informales y cooperativos que dependen de esa circulación económica para subsistir.
La baja del consumo se combina con otros factores que golpean particularmente a la economía popular: apertura de importaciones, paralización industrial, caída de la producción y desmantelamiento de políticas públicas destinadas a cooperativas y sectores vulnerables.
En el sector textil y del calzado, por ejemplo, la reducción de la demanda y el ingreso masivo de productos importados provocaron cierres de talleres, máquinas paralizadas y una fuerte reducción de la producción. Muchas pequeñas unidades productivas que hace pocos años empleaban decenas de trabajadores hoy funcionan con planteles mínimos o directamente dejaron de producir.
Algo similar ocurre con el reciclado urbano. La caída de la actividad industrial redujo el valor de materiales como cartón, papel o plástico, mientras que el menor consumo también disminuyó el volumen de residuos reciclables disponibles en la calle. Esto impacta directamente sobre los ingresos de miles de cartoneros y cooperativas ambientales.
Más horas de trabajo para ganar menos
El deterioro económico también transformó la dinámica laboral en sectores como reparto, cadetería y servicios informales. Ante la falta de empleo formal y el aumento de despidos, cada vez más personas se vuelcan a trabajos de supervivencia que generan ingresos cada vez más bajos.
La consecuencia es una sobreoferta de mano de obra en actividades precarizadas y una competencia creciente por una demanda estancada. El resultado: jornadas laborales más extensas para intentar alcanzar ingresos que igualmente pierden contra la inflación y el costo de vida.
A este escenario se suma el aumento del endeudamiento familiar, el uso de créditos informales y el crecimiento de los trabajos múltiples. En numerosos hogares ya no alcanza con tener dos empleos y aparecen combinaciones extremas entre changas, empleo informal, cooperativismo y asistencia comunitaria para sostener gastos mínimos.
Ollas populares desbordadas y redes de contención
El impacto social del ajuste también se refleja en el crecimiento de comedores y ollas populares. Organizaciones barriales y comunitarias denuncian un aumento constante de personas que buscan alimentos, en un contexto donde además se redujeron las ayudas estatales y la asistencia alimentaria.
Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, programas como la Asignación Universal por Hijo y la Tarjeta Alimentar cubren actualmente menos del 40% del costo alimentario de una familia vulnerable y menos del 20% del costo total de vida.
En paralelo, crecen espacios autogestionados como ferias populares, redes de intercambio y comedores sostenidos con donaciones. Muchas de estas iniciativas funcionan hoy como única contención frente al deterioro económico y social.
El fenómeno también muestra un cambio estructural en el mercado laboral argentino. De acuerdo con un informe del CETyD-UNSAM, entre fines de 2023 y fines de 2025 el trabajo por cuenta propia informal creció un 11%, mientras continuó cayendo el empleo asalariado formal.
Sin embargo, los especialistas advierten que este tipo de empleos “refugio” tienen un límite: cuando demasiadas personas dependen de actividades informales para sobrevivir, la competencia aumenta y los ingresos terminan desplomándose todavía más.
El ajuste sobre la economía popular
La situación se agravó tras la decisión del Gobierno de congelar y luego desmantelar programas sociales dirigidos a trabajadores informales. El reemplazo del Potenciar Trabajo por nuevos esquemas como Volver al Trabajo y Acompañamiento Social implicó recortes de beneficiarios y el congelamiento del monto en $78.000 mensuales desde comienzos de 2024.
Aunque la Justicia frenó parcialmente la eliminación del programa, organizaciones sociales advierten que la red de contención construida en los barrios quedó profundamente debilitada.
En ese contexto, miles de trabajadores sostienen tareas comunitarias, reciclado urbano, producción textil, ferias o comedores mientras enfrentan ingresos cada vez más bajos y jornadas laborales más extensas. La caída del consumo no solo vacía comercios o paraliza industrias: también golpea de lleno a quienes viven de una economía popular que hoy sobrevive al límite.