La posible llegada de Palantir y acuerdos en inteligencia artificial desatan advertencias por control social, intereses militares y una nueva dependencia estratégica.

La posible incursión del magnate Peter Thiel en Argentina encendió señales de alerta en sectores políticos y académicos, ante versiones de negociaciones con el gobierno de Javier Milei para implementar tecnologías de inteligencia artificial de Palantir Technologies. La preocupación no gira solo en torno al costo de estos sistemas, sino al tipo de poder que implican: control de datos, vigilancia y decisiones estratégicas delegadas en plataformas privadas extranjeras.
Tecnología, poder y control
Palantir no es una empresa más dentro del ecosistema tecnológico. Su historial está ligado a organismos de seguridad de Estados Unidos y a operaciones de inteligencia que combinan análisis de datos, vigilancia y modelización de conductas. La eventual contratación de sus servicios en Argentina reabre un debate de fondo: quién controla la información crítica del Estado y con qué fines.
Especialistas advierten que este tipo de acuerdos pueden derivar en una “cesión de soberanía digital”, donde decisiones sensibles —desde seguridad hasta políticas públicas— quedan condicionadas por algoritmos y estructuras externas.
Geopolítica y recursos en la mira
El interés de Thiel también se vincula con una disputa global más amplia. La inteligencia artificial requiere enormes volúmenes de datos, energía y minerales estratégicos, muchos de los cuales se encuentran en territorio argentino, especialmente en la Patagonia.
En ese contexto, crecen las sospechas sobre posibles acuerdos que no se limiten a lo tecnológico, sino que incluyan infraestructura, acceso a recursos y presencia territorial. Algunos analistas incluso hablan de una lógica de “feudos tecnológicos”, donde corporaciones globales operan con niveles de autonomía que desafían a los Estados.
Un modelo en debate
Las advertencias también apuntan al modelo político que podría acompañar estos desarrollos. El ideario impulsado por Thiel y sectores afines —basado en una fuerte alianza entre tecnología, poder militar y capital privado— genera rechazo en quienes ven allí un avance hacia formas de control más rígidas y concentradas.
En ese marco, la eventual llegada de Palantir no aparece como un simple contrato tecnológico, sino como una decisión con implicancias profundas: redefine el vínculo entre Estado, mercado y ciudadanía en un terreno donde lo que está en juego no es solo innovación, sino poder.