En la Casa Rosada comenzó una semana decisiva. Después de meses de tanteos, el Gobierno de Javier Milei quiere convertir promesas en reformas y ordenó a su mesa política —con Manuel Adorni y Diego Santilli como ejecutores visibles— profundizar la última ronda de negociaciones con gobernadores. El objetivo es avanzar sobre los proyectos estructurales: Presupuesto, reforma tributaria, modernización laboral y endurecimiento penal. Pero la lista real es más larga, y es ahí donde el oficialismo despliega su estrategia de seducción: flexibilizar la Ley de Glaciares, garantizar avales para créditos, comprometer obras y hasta saldar deudas previsionales con provincias que aún dudan.

El ministro del Interior, Diego Santilli, volverá a poner en marcha esta semana la maquinaria de negociaciones que la Casa Rosada necesita para sostener el paquete de reformas. El primer capítulo será este lunes, cuando el gobernador rionegrino Alberto Weretilneck cruce el Salón de los Bustos cerca del mediodía para reunirse con él. Una foto que el Gobierno considera imprescindible para fortalecer la arquitectura política que Milei busca consolidar antes del debate presupuestario.
Después de ese encuentro, el calendario entra en una zona gris: no hay citas confirmadas, pero en el entorno de Santilli aseguran que el objetivo es terminar de ver a los diez gobernadores que aún no pasaron por Balcarce 50. Una tarea que se volvió urgente ante la necesidad de ordenar apoyos antes de que las leyes clave lleguen al Congreso.
Pero la lista de ausentes sigue hablando por sí sola. Todavía no hubo lugar —ni señales de apertura— para los jefes provinciales del peronismo más rígido: Axel Kicillof (Buenos Aires), Ricardo Quintela (La Rioja), Gildo Insfrán (Formosa) y Gustavo Melella (Tierra del Fuego). Cuatro nombres que, en conjunto, representan el núcleo duro que evita cualquier puente que pueda interpretarse como respaldo a las reformas libertarias
Al mismo tiempo, mientras se ofrece con la mano abierta, el Gobierno empuña una pinza política sobre el peronismo parlamentario. Martín Menem en Diputados y Patricia Bullrich —con su desembarco en el Senado ya consumado— se encargan de erosionar los bloques duros que resisten las reformas. El plan no se esconde: arrebatarle a Unión por la Patria la primera minoría en ambas cámaras y modificar el mapa de poder interno. A partir de diciembre, peronistas y libertarios quedarán con números similares; y esa paridad convierte cada banca en una pieza estratégica.
En paralelo, una frase resonó en los pasillos del Congreso: “Hay 44 senadores dispuestos a apoyar las reformas”. La dejó trascender Patricia Bullrich tras conversar con Victoria Villarruel. Si ese número se confirma, el peronismo enfrentaría un escenario inédito: perder no sólo la minoría, sino también la capacidad de bloquear designaciones en la Corte, un bastión histórico de negociación. La disputa, incluso, ya se siente en la definición de la Presidencia Provisional del Senado, donde la Casa Rosada impulsa a la neuquina Nadia Márquez y necesita el aval de radicales y gobernadores aliados.
En esa mesa ampliada aparece un jugador clave: Gerardo Zamora. Con tres senadores y seis diputados propios, el santiagueño mantiene un hermetismo quirúrgico que inquieta tanto al Gobierno como al cristinismo. Su foto reciente con Leandro Santoro llamó la atención, pero su presencia en la reunión post electoral convocada por Milei dejó otra señal: Zamora está dispuesto a jugar, aunque nadie sabe todavía con quién ni a qué precio.
La negociación final mezcla compromisos económicos, acuerdos institucionales y una disputa interna dentro del propio Congreso. Allí operan Karina Milei y Santiago Caputo, que volvió al centro de la escena para ordenar una arquitectura legislativa más ambiciosa que la de los últimos meses. La apuesta oficialista es clara: si el Gobierno logra quebrar la hegemonía peronista, podrá controlar comisiones clave y garantizar gobernabilidad para su hoja de ruta económica.
Como resumió Martín Menem con su habitual énfasis: “La confianza con los gobernadores está instalada”. Pero detrás de esa frase amable late la verdadera prueba: comprobar cuántos de ellos están dispuestos a acompañar un viraje económico profundo, y cuántos prefieren esperar. Esta semana empezará a saberse quiénes se alinean, quiénes resisten y quiénes sólo negocian mejor su lugar en el nuevo tablero de poder.