
La diputada libertaria Lilia Lemoine volvió a cruzar un límite que debería ser infranqueable. En una intervención televisiva cargada de agresiones, puso en duda el diagnóstico de autismo de Ian Moche, un niño de 12 años, acusó a su madre de “lucrar” con su condición y desató una nueva escalada de violencia discursiva que luego amplificó en redes sociales.
Las declaraciones se produjeron el martes por la noche en LN+, durante el programa de Esteban Trebucq. Sin repreguntas ni objeciones del panel, Lemoine afirmó que la madre del niño “lo lleva a los medios haciéndolo actuar de autista” y la calificó como una persona “que no está bien de la cabeza”. También sugirió, sin pruebas, que el caso forma parte de un supuesto “negocio para el kirchnerismo”.
Lejos de detenerse allí, la legisladora insistió en que Ian estaría siendo expuesto deliberadamente a situaciones que lo perjudican y lo comparó con otros jóvenes activistas internacionales, aunque sin aportar ningún fundamento médico o profesional que respaldara sus acusaciones. Todo, en un tono despectivo y estigmatizante, dirigido no solo a una madre sino a un menor de edad.
La respuesta no tardó en llegar. El propio Ian Moche salió a contestar con una claridad que contrastó con la violencia de los dichos que recibió. “Me pareció muy feo, horrible. No me gusta que ataquen a mi mamá ni a mi familia”, expresó. Y agregó una definición que dejó en evidencia la ignorancia de su agresora: “¿Qué puede saber de cómo ‘actúa’ una persona autista, si el autismo es una condición en la que cada persona es diferente?”.
Su madre, Marlene Spesso, también respondió y encuadró los ataques en una lógica conocida: la culpabilización histórica de las madres. “Siempre se nos señaló como responsables, como madres frías, heladeras”, explicó. Y fue contundente: el diagnóstico de Ian existe desde los dos años y medio, fue realizado y acompañado por múltiples profesionales y está respaldado por el Certificado Único de Discapacidad (CUD), obtenido en 2020.
“Yo no tengo que mostrar ningún papel para satisfacer una provocación”, señaló Spesso, y remarcó que cuando inició los trámites del CUD su hijo ni siquiera era activista. “Responderle a alguien que cree que la Tierra es plana y busca provocarnos no es fácil, sobre todo en un contexto de violencia como el que estamos viviendo”, lamentó.
La familia fue respaldada por el abogado constitucionalista Andrés Gil Domínguez, quien detalló públicamente que el CUD acredita que Ian pertenece al espectro autista, nivel 1 con apoyo nivel 1, con vencimiento en 2030. Además, aclaró que el certificado incluye el diagnóstico de síndrome de Asperger —autismo de alto funcionamiento— y ofreció poner toda la documentación a disposición de la diputada, incluso ante escribano público. El pedido fue claro: que deje de mentir y de agredir a un niño.
Lejos de retroceder o pedir disculpas, Lemoine redobló la apuesta. Desde su cuenta de X volvió a atacar a Spesso, a quien llamó “bruja” y “vieja cobarde”, y la acusó de usar a su hijo como escudo. En un giro contradictorio, pasó de negar el autismo de Ian a afirmar que, aun si lo fuera, su madre lo expone deliberadamente y lo daña. Incluso se permitió describir supuestos efectos psicológicos y sensoriales, otra vez sin respaldo profesional alguno.
El episodio no es un exabrupto aislado, sino parte de un clima más amplio: la naturalización de la crueldad desde cargos públicos, el uso de la provocación como herramienta política y la legitimación mediática de discursos que estigmatizan, desinforman y dañan. En este caso, el blanco fue un niño. Y el silencio —o la complacencia— de quienes le dieron aire a esos dichos también forma parte del problema.