Aunque el INDEC informó una caída al 28,2%, especialistas alertan sobre fallas metodológicas que podrían distorsionar los datos y generar una imagen más optimista que la situación real.

La baja de la pobreza en Argentina, celebrada por el Gobierno tras el último informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos, quedó rápidamente bajo cuestionamiento. Según el organismo, el índice descendió al 28,2% en el segundo semestre de 2025, diez puntos menos que un año antes. Sin embargo, distintas voces académicas advierten que detrás de ese número hay problemas de medición que ponen en duda su alcance real.
Canastas desactualizadas y una medición cuestionada
El director del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, Agustín Salvia, sostuvo que existe una “ficción metodológica” en la forma en que se calcula la pobreza. Según explicó, el INDEC utiliza canastas de consumo basadas en patrones de gasto de 2004 y 2005, cuando el peso de los alimentos era muy superior al actual.
Hoy, en cambio, servicios como luz, gas, transporte y comunicaciones ocupan una porción mucho mayor del ingreso de los hogares. A esto se suma otro punto crítico: el índice de precios que actualiza esas canastas también se basa en ponderadores antiguos, lo que amplifica la distorsión. “Hay un problema de medición y de realismo”, advirtió Salvia.
Una baja real, pero menor a la oficial
Las críticas no son aisladas. Desde el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales también señalaron inconsistencias en la medición oficial. Según sus análisis, la reducción de la pobreza es efectiva, pero mucho menos pronunciada que la que muestran los datos del INDEC.
El punto central es la combinación de mejoras en la medición de ingresos —más precisas— con una canasta desactualizada. Ese cruce, sostienen los especialistas, genera caídas que “parecen extraordinarias”, pero que no necesariamente se reflejan en la vida cotidiana.
Mientras el Gobierno de Javier Milei sostiene el dato como un logro de gestión, las dudas metodológicas abren un frente incómodo. Porque cuando los números se discuten, lo que queda en juego no es solo una estadística, sino la distancia entre lo que muestran los indicadores y lo que efectivamente se vive puertas adentro.