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El derrumbe del consumo masivo en Argentina

Por infolitica

Los últimos datos sobre consumo masivo en Argentina vuelven a mostrar un escenario marcado por la fragilidad económica. Las ventas interanuales retrocedieron de nuevo, y la tendencia no parece dispuesta a cambiar.

El bolsillo como centro del problema

El salario real sigue sin recuperar lo perdido. Los hogares destinan una parte cada vez más grande de sus ingresos a gastos fijos —tarifas y servicios— y, frente a esta presión, las compras se ajustan. La canasta básica deja de lado caprichos y pasa a estar compuesta casi exclusivamente por lo imprescindible.

El consumo, que suele ser un termómetro del ánimo social, refleja ahora una mezcla de preocupación y resignación: se gasta solo lo necesario, y siempre comparando precios antes de llegar a la caja.

Supermercados a la defensiva

Los grandes supermercados y mayoristas son quienes más sienten el golpe. Para evitar que la caída sea aún más brusca, se multiplican las estrategias: descuentos más agresivos, ofertas semanales y promociones que buscan mantener la circulación de productos. Sin embargo, el cambio de hábitos es profundo: se reducen los volúmenes, desaparecen compras grandes de stockeo y ganan espacio las marcas alternativas y más económicas.

Lo que antes era una compra mensual de chango lleno, hoy se divide en varias visitas rápidas para que el impacto en el bolsillo sea más manejable.

Canales que crecen, pero no alcanzan

Algunos formatos, como las ventas digitales o las compras directas en mayoristas, aportan números positivos al acumulado del año. Aun así, ese movimiento no compensa la caída del consumo tradicional: la mayoría de los argentinos sigue comprando en proximity, eligiendo lo que está más cerca, más accesible y, si es posible, más barato.

La recuperación económica que se proyectaba como veloz aún no aparece y los datos la desmienten mes a mes.

La ilusión de una mejora rápida

Mientras algunos discursos oficiales insisten en una recuperación inminente, la realidad del mostrador muestra otra cosa. No hay salto de consumo, no hay alivio en los salarios y no hay señales contundentes de que esa “recuperación en V” esté al alcance. La prudencia —o el temor— domina las decisiones de gasto.

Una economía sin motor interno

El consumo masivo es el corazón del mercado interno. Cuando se frena, arrastra a otros sectores: la producción se ralentiza, la logística se ajusta y las inversiones se postergan. La foto económica del país queda marcada por un círculo que se retroalimenta: menos ingresos → menos consumo → menos actividad → menos empleo y salarios más débiles.

La caída persistente del consumo no es solo un dato estadístico: es la forma en que se expresa, en la vida diaria, una economía que no consigue recuperar la confianza. La gente compra menos porque puede menos. Y mientras esa sensación persista, ningún descuento será suficiente para volver a llenar las góndolas de movimiento.

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