Un informe privado advirtió sobre la acelerada precarización del mercado de trabajo en el país, donde la pérdida de un puesto formal empuja a miles de personas al cuentapropismo de subsistencia con caídas salariales de hasta el 28%.

El mercado laboral argentino enfrenta una degradación estructural sumamente crítica, marcada por la pauperización generalizada de las condiciones de vida y una fragilidad ocupacional sin piso a la vista. Mientras las cifras oficiales del INDEC confirman un incremento de la desocupación hasta el 7,9% y una tasa de empleo no registrado que ya golpea al 45% de la fuerza de trabajo, la pérdida del empleo formal se ha convertido en una condena económica letal. El traspaso forzado de trabajadores desde puestos asalariados con derechos hacia la informalidad y el cuentapropismo está provocando un quebranto inmediato en los ingresos de los hogares, recortando hasta un tercio de su capacidad de compra en un escenario asfixiante de suba constante en los costos básicos.
Una exhaustiva investigación desarrollada por C-P Consultora, basada en el seguimiento longitudinal de trabajadores de entre 18 y 65 años a través de la Encuesta Permanente de Hogares, dejó al descubierto el verdadero rostro de la crisis ocupacional. Aquellos trabajadores que pierden un puesto formal y se ven obligados a refugiarse en el cuentapropismo sufren un derrumbe promedio del 27,8% en sus ingresos reales. La caída tampoco da tregua para quienes consiguen reinsertarse como asalariados en negro: en ese caso, el recorte en el poder adquisitivo promedia el 13,9%, mientras que el paso desde el sector privado registrado hacia la órbita pública representa una merma del 5,4% en la remuneración real. En el extremo opuesto, apenas un segmento reducido que logró mantener la continuidad en el sector privado formal consiguió defender sus ingresos con una tenue suba del 2%.
Detrás del aparente refugio que ofrecen las changas o los microemprendimientos improvisados se esconde una recomposición regresiva de toda la pirámide laboral. La asfixia financiera cotidiana obliga a más integrantes de cada familia —muchas veces jóvenes o adultos mayores sin trayectoria previa en el mercado— a salir a la calle en busca de ingresos de subsistencia para amortiguar el impacto de la recesión. Los propios datos del relevamiento ratifican que acceder a un empleo privado formal sigue siendo la única vía concreta para recuperar bienestar económico, dado que los cuentapropistas e informales que logran ingresar al circuito registrado experimentan recomposiciones salariales superiores al 30%; sin embargo, el dinamismo empresarial para generar esas vacantes de calidad se encuentra completamente paralizado.
El panorama a corto plazo resulta alarmante, ya que el grueso de los nuevos ocupados no accede siquiera a una relación de dependencia no registrada con remuneración periódica. Tal como alertó el especialista Pablo Moldovan, el fenómeno que se consolida en la actualidad es una modalidad laboral aún más desprotegida, dominada por tareas intermitentes y de extrema vulnerabilidad donde no existen ingresos fijos garantizados, derechos previsionales, aportes de salud ni estabilidad alguna. La pérdida sostenida del trabajo formal no solo está vaciando los bolsillos de la clase trabajadora de forma inmediata, sino que profundiza una fractura socioeconómica que condena a millones de personas a la incertidumbre y al empobrecimiento permanente.