El crecimiento de las deudas impagas marca un quiebre en el humor social y expone el desgaste del modelo económico. La promesa de mejora futura empieza a perder credibilidad.

El dato no es solo financiero. Es un síntoma. Mientras la economía se estanca y los ingresos no alcanzan, cada vez más familias dejan de pagar créditos y tarjetas. En ese movimiento silencioso se empieza a leer algo más profundo: el agotamiento de la expectativa de que el ajuste traería alivio.
La mora como termómetro del desencanto económico
El aumento de la morosidad crediticia se convirtió en uno de los indicadores más sensibles del momento. Según datos del Banco Central, los préstamos personales ya registran niveles de mora del 13,8%, mientras que las tarjetas de crédito alcanzan el 11,6%. En el caso de las billeteras virtuales, el número escala al 29,9%.
Detrás de esas cifras hay una secuencia clara. Primero, el ajuste inicial empujó a las familias a usar ahorros para sostener el consumo. Después llegó el endeudamiento como recurso de supervivencia. Ahora, con ingresos deprimidos y sin recuperación a la vista, aparece el incumplimiento.
Pero la mora no es solo imposibilidad de pago. También es decisión. Cuando alguien deja de pagar, en muchos casos está asumiendo que no va a poder recomponer su situación en el corto plazo. Es, en términos prácticos, una forma de anticipar que el futuro no mejora.
Un modelo tensionado por la falta de resultados
El gobierno de Javier Milei construyó su programa económico sobre una promesa: atravesar el ajuste para llegar a una etapa de crecimiento. Sin embargo, esa expectativa empieza a erosionarse.
La inflación no termina de ceder con la velocidad esperada, la actividad se mueve en niveles de estancamiento y el empleo junto con los salarios siguen deteriorados. En ese contexto, la morosidad funciona como un indicador adelantado del cambio de clima social.
Al mismo tiempo, crecen las respuestas paliativas: proyectos legislativos para reestructurar deudas, programas de alivio y líneas de crédito para unificar pasivos. Medidas que intentan contener un problema que ya no es puntual, sino extendido.
Mientras tanto, otros indicadores acompañan la tendencia: caída en la confianza del consumidor y retroceso en la imagen del Gobierno. La economía deja de ser solo un esquema de variables y empieza a reflejar algo más difícil de revertir.
Cuando la expectativa se rompe, el ajuste deja de ser una transición y pasa a sentirse como un destino incierto. Y en ese desplazamiento, lo que se deteriora no es solo la capacidad de pago, sino la idea misma de que el esfuerzo tiene recompensa.