Con los bonos soberanos en caída libre y el indicador trepando a 628 unidades en contramano de la región, los principales referentes de Wall Street y el FMI comenzaron a dinamitar el dogma del dólar planchado.

El andamiaje financiero sobre el que Javier Milei y Luis Caputo montaron su relato de estabilidad macroeconómica comenzó a crujir de manera alarmante. En una jornada negra para los activos argentinos, el Riesgo País se disparó hasta alcanzar los 628 puntos básicos, profundizando una tendencia alcista que lo alejó definitivamente de los mínimos registrados a mediados de año y descolocando al Palacio de Hacienda frente al resto de los mercados emergentes de la región, que operan a la baja. La desconfianza de los inversores internacionales no sólo se tradujo en una nueva sangría de los bonos soberanos y en el retroceso del índice bursátil en dólares por quinta rueda consecutiva, sino que abrió una fractura expuesta entre los propios aliados del poder financiero respecto a la viabilidad del esquema cambiario oficial.
La trampa del atraso cambiario y la exigencia devaluatoria del FMI
La presión sobre el Banco Central dejó al descubierto las contradicciones insolubles del modelo libertario. Mientras el equipo económico insiste en sostener el ancla cambiaria para exhibir una desaceleración artificial de la inflación, los propios organismos de crédito y la banca privada comenzaron a advertir sobre los costos devastadores de mantener un peso sobrevaluado. La economista Gita Gopinath, ex número dos del Fondo Monetario Internacional y referente académica de Harvard, lanzó una dura advertencia pública al señalar que el peso argentino necesita ajustarse de forma urgente y depreciarse en una magnitud sensiblemente mayor a la permitida por la Casa Rosada. Desde la óptica del FMI, el atraso no sólo frena la acumulación genuina de divisas, sino que expone a la economía a una vulnerabilidad extrema de cara a las obligaciones financieras de 2027.
El diagnóstico técnico desarma el relato oficial: la pretensión de moderar los precios pisando el tipo de cambio opera como un mecanismo de sábana corta que destruye la competitividad productiva y amenaza con desatar un estallido cambiario en el mediano plazo. Al congelar el valor de la divisa, el Gobierno alimenta la demanda de cobertura privada, tal como lo demuestran las cotizaciones del dólar contado con liquidación instalado por encima de los 1.600 pesos y una brecha cambiaria que no cede. La negativa a convalidar una corrección cambiaria ordenada no responde a un plan de desarrollo sino al temor político de que una devaluación inevitable termine de pulverizar el poder adquisitivo de los salarios y desate una espiral inflacionaria que liquide el capital político del oficialismo.
JP Morgan anticipa cepo hasta 2027 en medio de una economía fracturada
Las promesas de desregulación inmediata y apertura irrestricta de los mercados chocaron de frente con las proyecciones de Wall Street. El CEO de JP Morgan para el Cono Sur, Facundo Gómez Minujín, confirmó lo que en Balcarce 50 intentan ocultar: los controles de cambios y las restricciones sobre las divisas no se levantarán en el corto plazo y continuarán vigentes, como mínimo, hasta después de los comicios presidenciales de 2027. La advertencia del banquero certifica que la administración libertaria carece del caudal de reservas necesario para liberar el mercado y que el mentado fin del cepo se convirtió en una quimera postergada para un hipotético segundo mandato.
La cautela de los fondos extranjeros expone además la cruda realidad de que no existe apetito inversor por financiar el ajuste de Milei, forzando a Caputo a congelar nuevas emisiones de deuda externa ante tasas internacionales prohibitivas que superan el 5% en los bonos del Tesoro norteamericano. En paralelo, informes de calificadoras de riesgo como Moody’s ratifican la consolidación de un modelo de dos velocidades profundamente desigual, donde un puñado de enclaves extractivos ligados al petróleo, el gas y la minería goza de rentabilidad extraordinaria mientras el consumo interno, el comercio y la industria manufacturera se desangran por la asfixia del mercado doméstico. El modelo económico de Milei exhibe así su límite estructural: atrapado entre el cepo que juró destruir y la devaluación que sus acreedores le exigen a gritos.