A los 39 años y tras más de dos décadas defendiendo la camiseta albiceleste, el capitán argentino disputó su último encuentro ante más de 85 mil hinchas en el Monumental.

La última función de Lionel Messi con la camiseta de la Selección Argentina trascendió cualquier molde convencional de melancolía deportiva. En un Estadio Monumental colmado por más de 85.000 fanáticos, la noche no tuvo tono de despedida fúnebre sino de celebración genuina, rindiendo tributo al futbolista que reescribió las páginas doradas del deporte más popular del planeta. A sus 39 años, el astro rosarino volvió a hipnotizar a la tribuna con su cadencia inconfundible: ese trote calmo con la mirada clavada en el horizonte que, en una fracción de segundo y al primer contacto con la pelota, desata una maniobra impredecible en una disciplina cada vez más mecanizada.
Gol de penal, ovación constante y el grito sagrado ante Benín
La expectativa popular se encendió desde los ejercicios precompetitivos, donde cada remate al arco y cada tiro libre ensayado por el diez fueron aclamados como si fueran goles en tiempo real. Aunque durante la etapa inicial el arquero visitante y la falta de puntería le negaron el festejo personal, el desenlace guardaba el broche de oro que demandaba la ocasión. En el complemento, una certera definición de penal le permitió estampar el 3 a 0 definitivo ante el combinado de Benín, desatando el delirio en las tribunas y un abrazo colectivo e interminable con sus compañeros de equipo.
Lejos de regular energías tras convertir y sellar la goleada, el capitán mantuvo hasta el último minuto su voracidad competitiva intacta. Continuó pidiendo el balón en cada sector de la cancha, exigiendo a las líneas ofensivas y mostrando ese gesto de fastidio característico cada vez que una pared no encontraba el destino milimétrico deseado. Fue la confirmación cabal de una identidad futbolística que acompañó a varias generaciones desde los potreros de barrio hasta la cúspide mundialista, moldeando la memoria colectiva de millones de argentinos.
Discurso entre lágrimas y la incertidumbre del ciclo que comienza
Concluida la acción en el césped, la emoción quebró el semblante del astro frente al micrófono. Entre lágrimas y visiblemente conmovido por las ovaciones, Messi agradeció el cariño incondicional de los hinchas y reivindicó la cultura de la perseverancia, recordando que tras las caídas más dolorosas supo levantarse hasta coronar el ciclo más laureado de la historia albiceleste. Sin embargo, no esquivó la mirada hacia adelante: advirtió con madurez que la Selección podría ingresar en etapas complejas y de transición, en momentos donde la renovación del plantel abre interrogantes sobre cómo sostener la competitividad de élite sin su presencia ordenadora.
La partida del máximo referente deportivo no solo clausura un recorrido de 21 años vistiendo la casaca nacional, sino que sella el vínculo indestructible entre el jugador y su gente. Tras superar tempestades y cuestionamientos pretéritos, Lionel Messi encontró la comunión perfecta junto a un cuerpo técnico y un grupo de compañeros que jugaron para coronarlo y una multitud que aprendió a amarlo en su dimensión más humana. En el césped de Núñez, el último gran genio del fútbol cerró formalmente su capítulo más luminoso, dejando una huella irrepetible para la posteridad.