
Mientras el Gobierno empuja la apertura comercial y promete precios más bajos, el mercado laboral formal sigue mostrando señales claras de deterioro. Desde la asunción de Javier Milei, en noviembre de 2023, se perdieron alrededor de 180.000 empleos privados registrados, según datos oficiales del Ministerio de Trabajo basados en el SIPA. La discusión por el rumbo productivo se da, así, sobre un terreno social cada vez más frágil.
La caída no fue pareja. El ajuste golpeó con más fuerza a la industria y a los sectores ligados al mercado interno, precisamente los más expuestos al avance de las importaciones. Construcción e industria manufacturera encabezaron las pérdidas: unos 73.000 puestos menos en la obra y cerca de 58.000 en fábricas, en un contexto de obra pública paralizada, consumo débil y una inversión privada que no logra compensar el freno estatal.
Dentro del entramado industrial, el retroceso se concentró en ramas intensivas en mano de obra. Textil, calzado y cuero perdieron alrededor de 18.500 empleos; la metalmecánica, otros 16.400. Son sectores que, además de enfrentar una demanda interna deprimida, cedieron terreno frente a bienes importados. El fenómeno no es aislado: informes privados muestran que, entre 2023 y 2025, la mayoría de los sectores que compiten con importaciones redujeron producción y participación en el mercado local.
Los pocos rubros que crecieron no alcanzan a compensar el daño. Comercio sumó algo de empleo, aunque volvió a una senda contractiva en 2025, y los servicios basados en el conocimiento crecieron de forma moderada, pero con bajo peso en el total del empleo privado. En paralelo, actividades como minería o intermediación financiera expandieron producción sin generar puestos relevantes, una economía que crece —cuando lo hace— sin absorber trabajo.
Desde la Casa Rosada admiten el problema, pero niegan que la apertura comercial sea la causa central. La explicación oficial apunta a un “reordenamiento productivo” y coloca todas las fichas en una futura reforma laboral para reducir costos e incentivar contrataciones. El dato incómodo es que, aun cuando la actividad dejó de caer con la violencia inicial del ajuste, el empleo formal no se recuperó.
El desempleo, es cierto, no subió. Pero el detalle explica la trampa: casi todo el nuevo trabajo creado es informal y cuentapropista, según el Indec. Vendedores desde sus casas, changarines, feriantes, pequeños fletes. Actividades que permiten sobrevivir, pero fuera del sistema, sin derechos ni aportes. La pregunta queda flotando: ¿puede sostenerse un modelo que ordena precios y cuentas a costa de vaciar el empleo registrado?