Para disimular el vaciamiento de reservas, el Fondo flexibilizó los objetivos en 11.800 millones de dólares y sobrevaluó el oro fugado al exterior, desarmando la ficción de la supuesta abundancia de divisas.

El pretendido ordenamiento macroeconómico de Javier Milei y Luis Caputo quedó desenmascarado tras la última auditoría técnica del Fondo Monetario Internacional en Buenos Aires. A contramano del relato oficial que publicita una disciplina fiscal inquebrantable, la administración libertaria ni siquiera logró alcanzar la meta de superávit primario comprometida para el primer semestre, obligando a Washington a ensayar un escandaloso salvataje contable y político para evitar la caída formal del programa. La misión encabezada por Joyce Wong culminó dejando al descubierto que el plan económico no resiste una auditoría rigurosa y que sólo se mantiene en pie gracias al respaldo geopolítico de la Casa Blanca, subordinando el rigor técnico a la conveniencia electoral de apuntalar el experimento libertario en la región.
Agujero fiscal, prórroga de impuestos y el pedido desesperado de otro perdón
El colapso de las cuentas públicas se tornó indisimulable en el balance fiscal efectivo. Para el cierre de junio, el acuerdo original exigía consolidar un superávit primario de 8,45 billones de pesos, un umbral que el propio organismo había rebajado con indulgencia a 6,86 billones ante las primeras señales de agotamiento de la recaudación. Sin embargo, el Ministerio de Economía apenas logró reportar 6,29 billones de pesos, quedando más de 570.000 millones por debajo de un objetivo ya recortado y habiendo apelado a maniobras desesperadas como postergar las declaraciones juradas del impuesto a las Ganancias para maquillar la foto semestral.
Este nuevo bache obliga al equipo económico a solicitar un nuevo waiver o perdón por incumplimiento de criterios de desempeño, un mecanismo que se ha vuelto una constante en la gestión libertaria tras los sucesivos fracasos en la acumulación de divisas. La incapacidad de sostener el balance positivo, incluso después de haber licuado jubilaciones, paralizado la obra pública y desfinanciado hospitales, demuestra el límite estructural del esquema de ajuste: el desplome de la actividad económica destruyó los ingresos impositivos del Estado, confirmando que la supuesta solvencia del Palacio de Hacienda es un castillo de naipes que cruje ante el menor viento de frente.
Alquimia contable con el oro y el dibujo de 11.800 millones en las reservas
El capítulo más bochornoso de la revisión se concentró en la manipulación abierta de las reservas del Banco Central. Para evitar que el país cayera formalmente en cesación de pagos con el propio organismo, el FMI modificó groseramente la meta: de exigir una acumulación positiva de 3.200 millones de dólares para junio, pasó a tolerar una sangría de hasta 8.600 millones. Esa flexibilización astronómica de 11.800 millones de dólares no fue suficiente, por lo que el Fondo recurrió a una triquiñuela estadística infame: computó las tenencias de oro del BCRA al valor récord de diciembre de 2025, ignorando que el metal cayó un 13% en el semestre, lo que infló artificialmente el activo en 3.000 millones de dólares que no existen.
La maniobra adquiere ribetes oscuros por el hermetismo y la negativa de Caputo y Santiago Bausili a revelar el destino real de los lingotes de oro que sacaron del país bajo absoluto secreto. Mientras el programa prohíbe taxativamente computar activos prendados o comprometidos en garantías de liquidez, el Gobierno se niega a abrir los libros y la misión del FMI convalidó la irregularidad sin exigir auditorías físicas independientes. Al mismo tiempo que Milei afirmaba en Estados Unidos que a la Argentina le brotaban dólares por las orejas, los delegados del Fondo mantenían reuniones clandestinas con corporaciones cerealeras para consultar con angustia el impacto del clima sobre la futura cosecha, confirmando que la escasez de divisas es terminal y que el organismo prefiere falsear los balances antes que admitir la inviabilidad del modelo.