Mientras la apertura quedó atravesada por polémicas, el espacio Orgullo y Prejuicio sostiene una agenda activa que combina memoria, identidad y cultura.

La 50° edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires arrancó con ruido político y escenas incómodas. El paso del secretario de Cultura Leonardo Cifelli no pasó desapercibido: discursos erráticos, abucheos y un clima tenso marcaron el inicio. Pero más allá de ese episodio, hay otro foco que concentra la atención dentro del predio.
Orgullo y Prejuicio: cultura, memoria y comunidad
En el Pabellón Ocre, el stand Orgullo y Prejuicio se consolidó como uno de los espacios más activos de la feria. Con una programación que cruza literatura, música y debate político, el eje está puesto en las voces LGBTIQ+ y en la construcción de comunidad frente a un contexto adverso.
Coordinado por Inés Ripari, el espacio propone este año un recorrido atravesado por los 50 años del golpe de Estado, con actividades que recuperan memorias silenciadas y ponen en primer plano experiencias de persecución, resistencia y organización. En ese marco, el Archivo de la Memoria Trans tendrá un rol central con encuentros que revisitan la historia desde una perspectiva disidente.
Una agenda que disputa sentido dentro de la feria
La grilla incluye propuestas que combinan reflexión y escena. Desde el cruce entre música e identidad con figuras como Barbi Recanati y Paula Maffía, hasta lecturas, recitales y conversatorios sobre salud mental, deporte y derechos.
También hay espacio para la poesía y la literatura trans y no binaria, con actividades que no solo exhiben producciones, sino que buscan abrir discusiones sobre el presente. En paralelo, los debates sobre el retroceso de derechos y los discursos de odio aparecen como telón de fondo constante.
En una feria atravesada por tensiones políticas, el stand se vuelve algo más que una agenda cultural. Funciona como punto de encuentro y como señal: en medio del ruido, hay espacios que no se corren y siguen produciendo sentido.