
La inflación de noviembre se ubicó en 2,5%, el mayor registro en siete meses, y volvió a encender alertas sobre la capacidad del Gobierno para sostener la tendencia a la baja que venía mostrando desde mediados de 2024. Con este dato, el IPC acumula 27,9% en lo que va del año y marca una variación interanual de 31,4%, un nivel que, si bien es de los más bajos en ocho años, también refleja una economía que todavía no logra consolidar estabilidad.
La suba se dio en un mes atravesado por las promociones de la Cyber Week, que generaron rebajas en varios rubros, pero que no alcanzaron para compensar el impacto de los servicios regulados, las tarifas y, especialmente, el salto de la carne, que volvió a mostrar incrementos por encima de la estacionalidad. Así, noviembre se convirtió en un nuevo punto de inflexión dentro de una curva que lleva seis meses de aceleración sostenida.
El número también fue impulsado por la inflación núcleo, que trepó a 2,6%, marcando un incremento de 0,4 puntos respecto de octubre. Este indicador —clave para medir la inercia inflacionaria— muestra que, más allá de los precios regulados, existe un movimiento persistente en el resto de los bienes y servicios.
Desde el Gobierno, la lectura fue más celebratoria. El ministro de Economía, Luis Caputo, destacó que, tras el triunfo oficialista en las legislativas y en un marco de mayor calma cambiaria, “la inflación se redujo a los niveles más bajos en ocho años”, señalando que diciembre de 2023 había marcado un pico de 25,5%. Sin embargo, la estadística contrasta con la realidad que viven los hogares y con las presiones que vuelven a emerger en alimentos, combustibles y servicios.
Entre los rubros que más aumentaron en noviembre se destacó vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles, con 3,4%, producto de nuevas actualizaciones en tarifas: la luz subió 3,6% en el AMBA y el gas 3,8% a nivel nacional, mientras que los combustibles avanzaron hasta 7%. En el extremo opuesto, equipamiento del hogar (1,1%) y indumentaria (0,5%) registraron las variaciones más bajas, impactados por las promociones para evitar un mayor derrumbe en las ventas.
En alimentos, el rubro con mayor peso en la estructura del IPC, los precios subieron 2,8%, por encima del promedio general. La carne, con incrementos de hasta 7%, volvió a ser el principal motor del alza y condiciona también la trayectoria de la inflación núcleo.
Los analistas privados habían anticipado un valor cercano al 2,4% o 2,5%, y advierten que los primeros datos de diciembre muestran otra leve aceleración. Las subas en turismo por la temporada de verano y una nueva tensión en los precios de la carne podrían empujar el IPC del último mes del año a un nivel similar al de noviembre.
Las proyecciones para el cierre del año apuntan a una inflación entre 30% y 31%, lo que dejaría a 2025 con la cifra más baja desde 2017. Para alcanzar ese número, diciembre debería ubicarse en torno al 2,4%, aunque algunas consultoras esperan un dato más alto. Incluso el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central proyecta un 2,1%, aunque reconoce que la tendencia descendente todavía no está asegurada y que será clave observar el comportamiento de la inflación núcleo para medir el arranque de 2026.
En un país que en los últimos años convivió con la inflación como un fenómeno estructural, la desaceleración es sin dudas relevante. Pero la persistente suba de alimentos, la indexación de tarifas, los precios regulados y la fragilidad del poder adquisitivo dejan en evidencia que la estabilización no está consolidada. A pesar de los anuncios oficiales y la mejora en algunos indicadores, los bolsillos siguen sintiendo que la inflación no afloja: se transforma, se suaviza, pero nunca termina de irse.