Acorralado por la recesión y el escándalo de corrupción con las compras de carne en la quinta presidencial, Javier Milei justificó la purga interna con un relato conspirativo y apeló a un insólito dibujo estadístico para negar la inflación.

La desorientación del Gobierno libertario ingresó en un terreno alarmante para la estabilidad institucional del país. Tras regresar de los Estados Unidos, Javier Milei brindó una entrevista en la que desnudó un nivel de crispación y desconexión con la realidad que encendió las máximas alertas en el arco político. En lugar de ofrecer explicaciones sobre los desmanejos en la administración pública, el mandatario apeló a una narrativa persecutoria y justificó la expulsión masiva del personal de la residencia de Olivos transformándola en un cuartel. Lejos de la austeridad pregonada en campaña, el blindaje castrense en la residencia oficial busca ocultar un descalabro operativo insostenible y tapar con discursos belicistas el impacto directo de la crisis económica.
El cerco en Olivos para encubrir la corrupción de los allegados
La insólita decisión de catalogar la quinta como una base militar obedece al descontrol interno que estalló tras la salida forzada de Belén Agudiez, la ladera de Karina Milei desplazada luego de que salieran a la luz compras desorbitadas de 29 toneladas de carne por más de 500 millones de pesos y licitaciones de jardinería por 700 millones. Visiblemente desencajado frente a las cámaras, Milei minimizó las erogaciones asegurando que en el predio comen trescientas personas al día y tildó de denunciadores seriales a quienes exigen auditorías sobre los gastos públicos. Para coronar su justificación, el jefe de Estado apeló a una coartada de ribetes novelescos: aseguró que enfrenta enemigos pesados a nivel internacional y afirmó, sin aportar un solo registro oficial, haber deportado a 30 mil supuestos terroristas que buscaban infiltrarse para boicotear su modelo.
Ataque al Indec y un insólito dibujo contable para negar la inflación
En el plano económico, la postura presidencial rozó el negacionismo más extremo frente al estancamiento de la actividad. Acorralado por las mediciones oficiales del Indec que registraron un derrumbe productivo del 2,9% en julio y confirmaron el ingreso formal a un terreno de recesión, Milei arremetió con furia contra el propio organismo estadístico y acusó a los economistas de actuar con deshonestidad intelectual y odio político. El Presidente descalificó los índices desestacionalizados de la serie del EMAE y prefirió ignorar el cierre masivo de comercios e industrias, atribuyendo los datos adversos a un mero problema de medición metodológica.
El punto más escandaloso de su argumentación se dio al referirse a la escalada de precios en el sector mayorista, donde el índice saltó del 0,8% al 2,1%. Sin ningún rigor técnico, el mandatario libertario sostuvo que la inflación real es de apenas el 0,6% si se elimina del cálculo la suba en los alimentos y en las tarifas de los combustibles. La pretensión de medir el costo de vida excluyendo el precio de la comida y de la energía expone una peligrosa maniobra de manipulación discursiva y una alarmante insensibilidad social. Mientras las familias no logran cubrir la canasta básica y la recesión asfixia al país, la Casa Rosada opta por falsear las cuentas y atrincherarse en un relato de guerra imaginario.