Casi tres de cada diez familias ya no pueden pagar sus deudas tras veintiún meses consecutivos de deterioro económico. Con salarios destruidos y un crédito en caída libre, la desregulación financiera empuja a millones de personas a la usura y a la quiebra cotidiana en todo el país.

El modelo económico de Javier Milei sigue empujando a la clase trabajadora y a los sectores medios hacia un callejón sin salida donde sobrevivir exige endeudarse para comer, y donde pagar esas deudas se volvió una misión imposible. Mientras el discurso oficial insiste en un saneamiento macroeconómico ficticio que solo existe en las planillas de excel del Ministerio de Economía, la economía real vive una verdadera pesadilla financiera. El endeudamiento familiar alcanzó niveles de dramatismo inéditos, arrastrando a millones de hogares a un pozo de mora e insolvencia que amenaza con detonar por completo la cadena de pagos y quebrar la paz social en cada rincón de la Argentina.
Los datos del último informe elaborado por la consultora Eco Go y la Universidad Austral son estremecedores: en julio, más de uno de cada cuatro deudores cayó en la irregularidad, alcanzando al 26,6% del total de personas registradas. La morosidad de los hogares trepó al 18% del crédito global y encadenó veintiún meses seguidos de subas ininterrumpidas, con un salto interanual de más de diez puntos porcentuales que ilustra la ferocidad del ajuste libertario. Con un stock de deuda acumulada que roza los cien billones de pesos, el crédito familiar sufrió una contracción real del 0,7% en el último mes, demostrando que ni siquiera el endeudamiento alcanza ya para tapar el agujero negro que dejó la licuación salvaje de sueldos y jubilaciones.
El escenario más perverso de esta trampa financiera se concentra en los sectores más postergados, aquellos expulsados de la banca tradicional que terminan a merced de las billeteras virtuales, las fintech y las tarjetas no bancarias desreguladas por el dogma gubernamental. En este segmento marginal de proveedores no financieros, la morosidad se disparó al aberrante 31,3%, duplicando los índices del sistema bancario tradicional y convirtiéndose en un foco de vulnerabilidad extrema. Las familias acuden desesperadas a estas plataformas con tasas usurarias para abonar servicios básicos o llenar la heladera, para luego quedar atrapadas en un laberinto de intereses impagables que el Estado ha decidido ignorar bajo la excusa del libre mercado.
La crisis exhibe además fracturas territoriales gravísimas que desnudan el impacto devastador del recorte de fondos nacionales a las provincias. El mapa de la insolvencia muestra a distritos como La Rioja, Santa Cruz y San Luis con registros de mora superiores al 23%, mientras que provincias del norte como Tucumán, Catamarca y Formosa exhiben las tasas de endeudamiento más asfixiantes en relación con su producto bruto local. Con la sola excepción pampeana, el crédito se desplomó en prácticamente todo el territorio, tocando su fondo más crítico en el Chaco con una contracción real superior al 2%. La gestión de Milei no trajo libertad financiera ni dinamismo productivo, sino un endeudamiento desesperado y una morosidad sin freno que amenaza con llevarse puesto el sustento de millones de argentinos.