Un informe de la UCA expone el deterioro de las condiciones de vida: crecen los problemas de salud mental, el hacinamiento y la inseguridad alimentaria.

La situación de niños y adolescentes en Argentina muestra señales cada vez más preocupantes. Según el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina, al cierre de 2025 uno de cada cinco menores dejó de asistir a controles médicos por motivos económicos, en un contexto de creciente desigualdad y deterioro de las condiciones de vida.
Más chicos sin cobertura y controles postergados
El informe señala que aumentó la proporción de niños sin obra social o prepaga, que pasó del 57,5% al 61,2% en un año. Aunque el sistema público logró absorber parte de la demanda, la barrera económica sigue marcando el acceso: el 19,8% de los menores no acudió al médico o al odontólogo por falta de recursos.
Las diferencias sociales son contundentes. Entre los sectores de menores ingresos, la postergación de controles es significativamente mayor, con brechas de hasta 20 puntos porcentuales respecto de los hogares más favorecidos.
Salud mental, hacinamiento y alimentación: un cuadro en deterioro
Uno de los datos más sensibles es el avance de los problemas de salud mental. El 18,1% de los menores presenta síntomas de tristeza o ansiedad, cifra que crece al 21,2% en adolescentes y al 24,7% en mujeres. En los hogares más vulnerables, la incidencia casi duplica a la de los sectores de mayores ingresos.
El informe también registra un retroceso en las condiciones habitacionales. El hacinamiento aumentó al 20,9% y el déficit de saneamiento alcanzó el 42%, con niveles mucho más altos en los sectores más pobres. En esos hogares, un niño tiene hasta 12 veces más probabilidades de vivir en condiciones críticas.
A esto se suma la persistencia de la inseguridad alimentaria, que afecta al 28,8% de los niños y adolescentes, con un 13,2% en su forma más severa. Aunque los números mejoraron respecto de 2024, todavía se mantienen por encima de los niveles de años anteriores.
El diagnóstico deja en evidencia una realidad que se vuelve estructural: cuando el acceso a la salud, la alimentación y las condiciones básicas empieza a deteriorarse en la infancia, las consecuencias no se limitan al presente, sino que se proyectan sobre toda una generación.