El Gobierno avanza para sostener el DNU 941/25 que reorganiza la inteligencia estatal, amplía facultades sensibles y redefine el control del Ejecutivo, mientras la oposición denuncia riesgos institucionales, manejo discrecional de fondos y una estrategia para esquivar el debate parlamentario.

El gobierno de Javier Milei avanza con una estrategia firme para consolidar en el Congreso el DNU 941/25, que reformó de manera profunda la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), en medio de un clima político atravesado por tensiones, desconfianza y fuertes cuestionamientos opositores. El decreto, publicado el último día hábil de 2025, modificó aspectos centrales de la Ley de Inteligencia Nacional y abrió un debate sensible sobre los límites del poder del Ejecutivo y el control parlamentario de los organismos de inteligencia.
La norma redefine competencias, reorganiza áreas internas y establece nuevos esquemas de coordinación entre la SIDE, fuerzas de seguridad y otros organismos estatales. Uno de los puntos más polémicos es la habilitación para que personal de inteligencia pueda realizar aprehensiones en supuestos acotados, una facultad que la oposición considera riesgosa y propensa a abusos. Desde bloques como Fuerza Patria, Provincias Unidas y la Coalición Cívica cuestionaron que una reforma de semejante alcance se haya instrumentado vía decreto y no mediante una ley debatida en el Congreso.
En paralelo, los legisladores opositores reclaman la conformación de las comisiones bicamerales de Inteligencia y de Trámite Legislativo, que deben supervisar la actividad del sector y analizar la validez de los DNU. Sin embargo, esas comisiones aún no se constituyeron y el oficialismo deja trascender que buscará demorar su conformación durante el receso para aprovechar los plazos reglamentarios y ganar tiempo político.
Más allá de lo institucional, el DNU 941/25 tiene implicancias económicas directas. La reorganización de la SIDE supone reasignaciones presupuestarias y la posibilidad de incrementar partidas destinadas a tareas de inteligencia y operaciones estratégicas, en un contexto de ajuste fiscal y debate permanente sobre las prioridades del gasto público. Este punto alimenta las críticas opositoras, que advierten sobre la falta de precisiones respecto al uso de recursos y los mecanismos de control.
La estrategia del Ejecutivo se apoya en el manejo fino de los tiempos legislativos. El Gobierno tiene plazo hasta el 15 de enero para remitir el decreto al Congreso y, una vez ingresado, la comisión bicameral dispone de diez días hábiles para expedirse. La ausencia de comisiones activas podría estirar el debate hasta fines de enero, permitiendo al oficialismo concentrarse en asegurar mayorías en al menos una de las cámaras, una táctica similar a la utilizada con el DNU 70/2023.
La oposición, mientras tanto, busca reunir el quórum necesario para forzar una sesión especial en febrero y no descarta la vía judicial para frenar el decreto. Con el peronismo, bloques provinciales, la izquierda y algunos independientes, el número todavía es ajustado y obliga a negociar con sectores clave como el radicalismo y los gobernadores.
En este escenario, el PRO manifestó un apoyo condicionado, reclamando mayor información sobre protocolos y alcances de las nuevas facultades. La definición final quedará en manos del Congreso, en una disputa de alto voltaje político que combina inteligencia estatal, poder institucional y estrategia parlamentaria.