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Las perlitas del superclásico que Boca le ganó a River: clima y protagonistas del domingo

Por infolitica

El Superclásico volvió a teñir de azul y oro la Bombonera y dejó algo más que un resultado: Boca clasificó a la Copa Libertadores 2026 y empujó a River a un cierre de temporada más apretado de lo esperado.

Pero, además del marcador, hubo una jornada cargada de gestos, clima, símbolos y escenas que se vivieron más en las tribunas y pasillos que en la televisión.

Desde muy temprano, La Boca fue un hervidero. A horas del inicio, las calles ya estaban tomadas por hinchas que cantaban, desplegaban banderas y anticipaban el partido como una final. El estadio lució repleto con mucha anticipación, recordando aquellas jornadas noventeras donde la fiesta comenzaba bastante antes de que rodara la pelota. Cuando River salió a hacer los movimientos precompetitivos, se sintió una silbatina ensordecedora, acompañada por las clásicas gallinas de goma que volaron hacia el campo.

Al presentar las formaciones, la ovación fue nítida: Leandro Paredes, Miguel Merentiel, Milton Delgado y Exequiel “Changuito” Zeballos —quien terminaría siendo determinante— se llevaron los aplausos más fuertes. Desde la popular, el aliento bajaba con una certeza compartida: “A pesar de los golpes, siempre estaremos acá”, cantó La 12, marcando el pulso emocional de la tarde.

Mientras tanto, en los palcos se vivía otro partido. Juan Román Riquelme siguió el encuentro desde el suyo, acompañado por Mariano Herrón, entre mates y breves recorridos por pasillos internos. Inquieto, atento, caminando y observando, el presidente fue tan protagonista como cualquier futbolista. Muy cerca, sus padres, Cacho y María, también dijeron presente, en una postal familiar que terminó siendo parte de la mística bostera de la jornada.

La previa tuvo además un detalle particular: el árbitro Nicolás Ramírez ingresó al campo con dos niños, en lo que pareció ser un gesto personal y simbólico. Y cuando los equipos salieron, la Bombonera explotó: fuegos, humo y una lluvia de papelitos que devolvió a la cancha una tradición que parecía olvidada, y que reforzó la identidad local frente a la estética más “FIFA” de las salidas formales.

Tras la victoria, llegó el desahogo. Foto grupal del plantel, selfies de los goleadores con la popular de fondo y una bandera que emocionó a todos: la imagen de Miguel Ángel Russo, en blanco y negro, como homenaje al arquitecto del presente del equipo. Una manera de reconocer un ciclo y una idea que hoy vuelve a darle sentido competitivo al club.

Con el boleto a la Libertadores asegurado y el ánimo arriba, Boca mira ahora el Clausura con ambición. El Superclásico dejó algo claro: el brillo del resultado fue grande, pero la construcción emocional del equipo y su gente fue igual de decisiva.

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