El último informe del Banco Central expone una foto incómoda para la administración de Javier Milei: la economía real transita un proceso de endeudamiento acelerado que no se explica por expansión del consumo sino por la necesidad de llegar a fin de mes. Según el relevamiento sobre Prestadores No Financieros de Crédito, la deuda promedio por persona ya supera los $5,6 millones, un salto del 75% en un año marcado por salarios estancados, inflación persistente y contracción del crédito formal.

La cifra no es un dato aislado: refleja que 6,2 millones de personas hoy sostienen deudas activas entre bancos, fintech, billeteras virtuales y cadenas comerciales. Del total adeudado, $4,4 millones corresponden al sistema bancario tradicional, mientras que $1,2 millones provienen del universo no bancario, un entramado de plataformas digitales y emisoras de tarjetas que crecen en volumen a medida que el sistema formal se vuelve inaccesible para amplios sectores.
El BCRA advierte que esta estructura configura un cuadro de fragilidad social: el endeudamiento se concentra en hogares de ingresos medios y bajos, obligados a financiar bienes básicos y servicios cotidianos a tasas que superan cualquier previsión razonable. El deterioro no sólo es material, sino también sistémico: el organismo señala señales claras de alerta en la calidad crediticia, un indicador que anticipa estrés económico futuro.
Mientras tanto, el universo no bancario vive una expansión sin precedentes. Hoy operan 542 entidades por fuera del sistema tradicional, que ya otorgaron cerca de $11 billones en préstamos. Allí se registra el salto más brusco: un aumento del 144% en créditos personales y del 53% en tarjetas de consumo. Ese crecimiento, sin embargo, tiene su contracara: la morosidad se disparó hasta 20% en créditos personales y 18% en billeteras digitales, con picos del 27% en la financiación de electrodomésticos, uno de los termómetros más sensibles del poder adquisitivo.
A la presión del endeudamiento se suma el impacto del costo financiero, que sigue por encima de cualquier parámetro sostenible. La Tasa Nominal Anual de los préstamos personales otorgados por crediticias no bancarias trepa al 129%, mientras que el costo de las tarjetas asciende al 92%, configurando un escenario donde cada peso financiado se multiplica en intereses que erosionan los ingresos de manera constante.
En ese contexto, el Banco Central intenta aflojar la soga reduciendo la tasa de referencia del 22% al 20%, una medida que apunta a abaratar el crédito formal pero que, por sí sola, no altera el cuadro estructural. Con un ecosistema financiero cada vez más fragmentado y una población que recurre al crédito para sostener consumos esenciales, el endeudamiento deja de ser una herramienta económica para convertirse en un síntoma de crisis social.